¿Merece la pena tener hijos?
Cuando estás embarazada crees que una hormona mágica te va a convertir en una madre ideal y que una vez que tu bebé nazca vas a ser feliz cuidándolo, cocinando y en tu casita. Los primeros meses estás muy contenta y ocupada con tu bebé. Pero el tiempo pasa y tienes ganas de salir con tus amigas y la casa se te cae encima. Una mañana de domingo te encuentras con que son las 8, tienes una resaca terrible y el niño está saltando encima de tu cama, los ácaros se comen la casa, tienes que acabar un informe para mañana y no hay comida hecha. Te miras en el espejo y estás hecha un desastre. Nadie te había dicho que fuera tan difícil.
Recuerdo que en las clases de preparación al parto la matrona nos decía que no intentáramos ser superwoman, que fuéramos un poco hippies si no queríamos acabar de los nervios. También nos dijo que no nos sintiéramos mal si a veces sentíamos que odiábamos a nuestro hijo o hija, que era normal. Y es que hay días en los que una quisiera ser Victoria Bekham y tener a alguien que te limpie la casa y que se lleve el niño mientras te das un baño de espuma. Porque claro, si a algo hay que renunciar cuando se es madre es a tener tiempo para una misma.
Una amiga que tuvo hijos antes que yo me aseguraba que objetivamente no merecía mucho la pena, que el cambio de vida era a peor. Probablemente es cierto, pero algo tendrá, porque ninguna lo cambiaríamos por nada.
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