Aprender a escuchar
Ya sea en familia, entre amigos o en el trabajo, la base de las relaciones humanas reside en la capacidad de escucharse mutuamente.
Saber escuchar es, ante todo, aprender a callarse la boca. Muchas veces, cuando alguien siente la necesidad, por ejemplo, de contarnos sus problemas, inmediatamente referimos alguna situación que hayamos vivido. "Sí, a mi me pasó algo similar hace un tiempo". Si bien puede servir para crear un clima cómodo y reconfortante, en definitiva lo que hacemos es apoderarnos del discurso del otro para desarrollar uno propio.
A veces creemos que solo escuchar es un aporte escaso; sentimos la obligación de "decir algo", tratando de solucionar el problema ajeno o indicar al otro qué hacer, qué decir o qué pensar, cuando en realidad, escuchar es un acto de amor, de respeto y de entrega hacia el otro para que pueda verbalizar lo que siente, permitiéndole que, en algún momento, logre escucharse a sí mismo.
Saber escuchar es no pensar por el otro, no juzgar. Si escuchas auténticamente permites al otro sanar su soledad interior, librarse de las preocupaciones.
Escuchar conforta y desahoga, genera salud mental, emocional, espiritual y física. El que escucha escapa de su egoísmo, de creerse poseedor de la verdad, de pensar que los propios problemas son los más grandes e importantes del mundo.
Escuchar, sana al que escucha y al que es escuchado.
"Nos han sido dadas dos orejas, pero solo una boca para que podamos oír más y hablar menos" Zenon de Elea.
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