Ladrona

La tarde estaba llegando a su fin. Había sido un día tranquilo, comparado con otros, hasta que llegó él.
-Necesito que me ayuden! Oficial ! Por favor! Ella me robó! Tienen que ayudarme, ella me robó! – gritaba desesperado un hombre en la comisaría 67.
– Tranquilo… tranquilo… Cuénteme qué pasó. – Contestó el oficial de turno, mientras observaba al individuo desaliñado, tratando de precisar un posible estado de ebriedad.
– Usted no me va a creer. Llevo horas buscándola. Caminé por todos lados. Es como si se hubiera desintegrado…La conocí el fin de semana pasado, en un bar cerca del río. Se sentó frente a mi mesa y en ese instante supe que era una diosa. Como puedo describirla… una Reina!…. Y me robó! Dios mío… Cómo pudo pasarme esto a mi! Me robó!
– Cálmese. Qué le robó? –le dijo el oficial con una paciencia poco usual.
Pero él no escuchaba. Ensimismado en el recuerdo, no dejaba de hablar, ni de revolverse el pelo con los dedos de una mano, mientras que con la otra acomodaba y desacomodaba la corbata.
Y daba un paso a la izquierda y no llegaba a dar dos a la derecha para apoyarse en el mostrador y mirar fijamente al policía.
– Usted me entiende? Ella perfumó esos días. Me regaló la ternura que yo nunca había descubierto! Se acomodó a mis locuras sin el más mínimo reproche. Dibujó un arco iris en el café de cada mañana y decoró mi casa con estrellas de mil colores. Debería escuchar la música que desprenden sus pies cuando camina… Qué digo camina?! Acaricia el suelo!!!
Y cómo cocina, Señor! Es una de esas chicas que cualquier madre recomendaría. Y me robó….. sí, me robó…….
– No oficial! – gritó levantando la mano, mirando muy serio al policía que ni siquiera había abierto la boca. –No me interesa recuperar lo que se llevó. Solo quiero que la encuentren.
Ya habían avanzado las horas, cuando finalmente empezó a formalizar su reclamo y sus datos repiqueteaban en el teclado de la computadora
– Juan Acevedo, sí, treinta y nueve años, los cumplo en dos semanas…….

Al otro lado de la ciudad, sus tacones desgarraban el silencio en las veredas nocturnas. Sus llaves crujieron en la cerradura del 4915 de la calle Valdez.
Dejó su ropa sobre una silla y se deslizó bajo la ducha.
Quince minutos más tarde se vistió de Nina Ricci y se fue a dormir.
Jamás supo que entre sus huesos, muy pegado al suyo, llevaba el corazón de Juan Acevedo.

Originally posted 2008-06-18 12:53:09.

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