Las brujas que no lo eran tanto
Hoy escribo este post, en parte inspirada por la idea de MarInes de recordarnos la vida y obra de mujeres ilustres de la historia, y en parte por rendir tributo a muchas mujeres desconocidas que, a lo largo de la historia, sufrieron mucho por saber demasiado.
Me estoy leyendo un libro titulado ‘La herbolera’, de la escritora Toti Martínez de Lezea (Ed. Maeva, 2006). Tiene 480 páginas, pero en menos de dos días ya me he leído más de la mitad, porque una página te lleva con avidez a la siguiente. La historia se enmarca en las cazas de brujas y herejes que se dieron en el País Vasco del siglo XVI, y su protagonista es una herbolera, hija, nieta y bisnieta de herboleras, curandera, que aprende el oficio de partera y es testigo y sufridora de las acusaciones de herejía y brujería que pesaban sobre estas mujeres, que ya se encargaban de la salud (especialmente de la de las mujeres) mucho antes de que existieran los médicos.
Es curioso descubrir, cuando se ahonda en las historias sobre las cazas de brujas, que muchas de estas mujeres se dedicaban a oficios como los mencionados anteriormente. Te lleva a pensar cómo la irracionalidad machista, aliñada con el peor fanatismo religioso, hacía ver a la mujer como fuente de todo pecado. Y para muchos hombres, médicos y físicos de la época medieval, era sangrante que unas mujerucas analfabetas pudieran tener más control y más éxito que ellos en partos y sanaciones.
Antes de que existiera la medicina como tal, y los médicos, la mujer ha sido principal receptora y transmisora del conocimiento sobre el cuidado de la salud, y mucho más de la suya propia. Ocupadas desde antiguo con la agricultura y la recolección de frutos, han sabido qué elementos ayudaban para qué cosas. Hoy en día, la medicina ‘natural’ es vista como la ‘alternativa’. Pero hasta hace escasos 100 años, en un mundo donde no había fármacos extensivos como tenemos hoy en día, la naturaleza era la fuente de sanación cuando esta era posible. Por supuesto, no había cura para el cáncer, pero sí para muchísimos otros males.
Y para concluir: me emociona el oficio de partera; o matrona o comadrona, como decimos ahora. Mujeres que ayudan a mujeres en uno de los momentos más especiales de su vida. Que conocen sus cuerpos, saben lo que pasa, saben lo que duele y cómo duele. No es que yo desconfíe de un ginecólogo, pero la verdad es que creo (y puedo estar equivocada) que ellos suelen estar más lejos de la ‘realidad tangible’.
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July 8th, 2008 at 3:13 pm
Hola Nir!
Gracias por sumarte a esta idea.
Coincido contigo en la importancia que tuvieron aquellas mujeres, y en la dominación masculina de aquellos tiempos. Pero no hay que olvidar que a la ignorancia hay que sumarle intensos deseos de poder, de control y sumisión de las masas. Sin dejar de lado, aunque de diferente modo al actual, era un buen negocio mantenerlas alineadas en la hoguera, para la Iglesia, que llenaba sus arcas de oro y poder y para “otros poderosos” que por miedo y conveniencia eran los primeros en denunciarlas.
Con respecto al ginecólogo… no se. Creo que en algunos casos, hasta son mas sencibles que muchas profesionales femeninas.
Un beso.
July 9th, 2008 at 9:02 pm
Hola MarInes
estoy deseando ir a la librería a por otros de esta misma autora que parecen prometedores.
sí, bueno, expresé una opinión personal sobre los ginecólogos que, precisamente por lo personal, ya advertía que quizá no fuera acertada. No dudo de que puede haber hombres más sensibles claro. Yo quería referirme a ginecologo/a frente a matrona, médico frente a no médico. Supongo que por muchas historias que he escuchado a enfermeras sobre el ‘clasismo’ de algunos médicos. Que tienen un gran diploma pero entienden poco de atención directa al paciente. Y eso ya es generalizar, que supongo que tampoco está bien.
Ya me he acabado el libro