Mujer, madre, amiga, trabajadora…

El jueves estuve en un acto relacionado con el trabajo, con mi traje, charlando cordialmente con unos y otros. El viernes a la noche, sin embargo me fui de copas con una amiga, me puse más fashion y me solté la melena (y la lengua). El sábado pasé el día con los niños en el caserío de unos amigos, de manera que tocaban botas de monte, forro polar y jugar al escondite y al parchís. El domingo comida familiar, discreta y a charlar. No sólo es la vestimenta la que cambia, sino muchas otras cosas. Por ejemplo, el lenguaje. Evidentemente no es el mismo lenguaje el que utilizas para hablar de negocios que con una amiga o con los niños. También la actitud, más relajada, más seria, más alocada…dependiendo de la ocasión.

Pero todas esas soy yo. En el fondo no se trata de que tenga diversas personalidades, sino de que mi vida tiene muchas facetas y creo que el saber adaptarse a cada una sin perder las otras es positivo. Al tener hijos no me he convertido en una maruja que sólo sabe hablar de sus niños, ni el trabajo ha hecho que me vuelva seria cuando estoy con amigos, etc. Cada cosa ocupa su lugar y, aunque no todas tenga la misma prioridad en mi vida, trato de tener espacio para todo. Esto implica que sé quienes son John Cena o Shin Chan, qué pasa en Venezuela, cómo están las últimas audiencias, dónde está aquél informe, que ha dicho Zapatero, como va la cadera de la abuela, cómo está el euribor, qué le ha pasado a la prima Marta y qué ofertas hay en el Carrefour.

Hace un tiempo hubo en televisión un programa de listos contra guapos. Unos sabían quién era Magallanes y los otros qué champú era bueno para la caspa. Yo creo que lo uno no quita lo otro, o no debería. Estamos demasiado acostumbrados a estos estereotipos. No hace falta ser guapa para saber hacerse un peeling, ni ser muy lista para conocer los nombres de los presidentes europeos. Basta con leer, escuchar y, por qué no, ver la tele.

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