Tu en tu casa y yo en la mía
Si queréis saber algo de suegras dejadme que hable de la mía. Tengo que decir en su defensa que está en esa época que a las mujeres nos hace transtornarnos, la menopausia, y con que es un ciclo que a mi por ser mujer también me tocará pasar he dicidido tener un poco de compasión por ella. Pero creedme cuando os digo que a veces me ha tenido al límite de que en casa saliera la vajilla volando. Creo que las madres de nuestras parejas permanecen tranquilas al principio de cualquier relación, no nos ven como un auténtica amenaza para sus hijos hasta que éstos le dan algún descendiente, o sea vuestros propios hijos. En mi caso yo empecé con mi chico teniendo ya un niño de una relación anterior, así que empecé con buen pie ya que tubo que entender que ese niño ya tenía dos abuelas y se tubo que ganar el que mi hijo y yo la consideráramos una abuela más para él. Puedo decir que se lo ganó, ya que poco a poco fue calando en mi hijo y éste ahora la ve como a su tercera “iaia”. El verdadero problema vino cuando dos años y medio después llegó una hermanita para mi príncipe, Nora. Ya en el hospital justo después de tenerla tubo que hacer los típicos comentarios chorras de que esa niña era idéntica a su hija, ahí ya empezábamos mal ya que por lo menos podía haber tenido más tacto y guardar sus observaciones en el bolsillo. Cuando nace un hijo de tus entrañas lo que menos te apetece es que empiecen a compararlos con gente que ahí ni pincha ni corta. Mi pareja y yo para entonces vivíamos fuera de Barcelona, en un pueblecito de Berga, alejados de toda la familia ya que conociéndolos habíamos preferido apartarnos un poco y nos cogimos un piso para los cuatro en medio de la montaña. Habíamos conseguido nuestro propósito ya que a la familia le daba palo subir a vernos, nosotros solo íbamos a Barcelona cuando nos apetecía y nos evitábamos llegadas inesperadas a nuestra casa. Pero a la llegada de Nora esto ya cambió, ya que casi cada fin de semana su madre se plantaba sin avisar en casa, cogía el autobús y se plantaba en casa en casi dos horas que hay de camino. Claro, luego viene el que en los pueblos ya se sabe que no hay tantos autobuses que vayan y vengan, así que con la excusa de que se le había escapado el último casi siempre se quedaba a dormir .La teníamos los dos días de ocupa en casa y trataba a la niña como si fuera su hija, no nos consultaba siquiera a que horas le tocaba comer. Ella decía:-creo que mi niña tiene hambre, y antes de que mi pareja y yo pudiéramos decir nada ya estaba en la cocina preparándole un “potito”, yo alucinaba. Pero alucinaba más aun con mi pareja, que lo veía como lo más normal del mundo y la dejaba hacer. A partir de ahí ya empezaron los malos rollos, le tenía que llamar la atención cada vez que no se cortaba ni un pelo en sacarme a la niña de los brazos o incluso en fumar delante de los niños. Llegó el momento en que tuve que hablar con mi pareja muy en serio y este reconocer que teníamos un verdadero problema con su madre. Así que un día se sentó con su madre para intentar que su madre viera que los padres éramos nosotros y que en muchas ocasiones su palabra era la última que consideraríamos. Mi suegra le llegó a decir que ella conocía mejor a los niños que nosotros y se metió en la forma que teníamos de hacer las cosas. Así que hubo que pararle los pies . Ahora sigue siendo su abuela, por supuesto, pero ella en su casa y nosotros en la nuestra. Si alguien tiene que educar a los niños esos son los padres, le pese a quien le pese y le guste a quien le guste. Faltaría mas!!
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